Antes de pensar en recorrer Cuba, e incluso antes de imaginar Guanahacabibes, Pavel y Ernesto ya estaban encontrando en la bicicleta nuevas formas de explorar. Con la llegada de la pandemia, La Habana cambió de ritmo y apareció una necesidad urgente: moverse cuando todo parecía detenido. Entre el encierro y el aburrimiento, decidieron subirse a la bici, no solo para salir: comenzaron a hacer entregas, a conectar puntos, a llevar lo necesario de un lado a otro. Lo que empezó como una forma de resolver el momento se convirtió en algo más profundo, en el sueño de viajar juntos y explorar la isla sobre ruedas.
“La bici es una herramienta de trabajo, pero también es mucho más…”
Después de dos viajes iniciales —uno hacia Canasí, en el que aprendieron que el exceso de equipaje pesa más en las subidas que en la mochila, y otro a Las Terrazas, en el que confirmaron que el camino importa más que la meta—, concluyeron que estaban listos para más. El primer gran tramo sería hacia el extremo occidental, hasta el faro Roncali, dentro del Parque Nacional Guanahacabibes. Sería la primera vez que viajarían solo los dos.

El comienzo de un gran sueño sobre ruedas
La decisión nació una noche, con la cabeza en la almohada. Pavel trazó rutas durante horas en mapas offline, buscó caminos alternativos y evitó carreteras principales. Quería tranquilidad en la rodada y contacto directo con los pobladores. Cuando le propuso el plan a Ernesto, la respuesta fue inmediata: “perfecto, vamos a rodar”. Ernesto con sus conocimientos meteorológicos, también hizo su diagnóstico climático y supieron cuándo viajar.
Salieron de La Habana muy temprano hacia el occidente por la ruta norte. Al inicio, el mar acompañó el pedaleo; luego apareció la Sierra del Rosario con su llovizna persistente. La transición bucólica se hizo evidente en el silencio de las montañas y en las miradas de los habitantes de Mariel, que observaban aquellas bicicletas rendidas ante su propia abundancia. Pavel entendía esa sorpresa: el viaje no era habitual.
La lluvia marcó el ritmo desde el primer día. Ernesto había previsto precipitaciones y ajustaron la ropa y la alimentación. En la bicicleta, el cuerpo es el motor así que paraban cada hora para comer sus provisiones: frutas, plátanos, guayabas, miel y maní e hidratarse con agua o guarapo, que energiza el cuerpo. Lo tenían claro, en la ruta debes “comer antes de que te dé hambre e hidrátate antes de que te dé sed”, resume Pavel.
Las Mil Cumbres

En la subida hacia Mil Cumbres, dentro de la Sierra del Rosario, el terreno de grava y las elevaciones constantes exigieron regular el esfuerzo. Pavel tuvo que bajarse de Palmiche —así llama a su bicicleta— en algunas lomitas. No era un retroceso; era parte del ajuste. Cada gramo extra se sentía. Ese aprendizaje venía del primer viaje: aligerar peso es ganar en eficiencia.
Las jornadas siguientes mezclaron descensos hacia Viñales, pedraplenes hasta Cayo Jutías; largas distancias entre poblados rumbo a Mantua y el ingreso progresivo a un territorio más aislado. Los pueblos ofrecían agua y conversación. En Mil Cumbres acamparon en un eco-alojamiento sin electricidad y se bañaron en un manantial helado.
Cayo Jutías fue otra cosa: montaron tienda sobre la arena y, entre tantas maravillas, vieron pasar una estrella fugaz. Nunca nada fue más mágico.
La llegada al destino y desenlace

La llegada a La Bajada marcó un cambio claro de ritmo. Después de días de ajuste constante, de calcular fuerzas y revisar nubes, apareció el descanso: una casa con el mar a menos de 50 metros. El atardecer se abrió completo frente a ellos y, por la noche, las constelaciones que aprendieron en la escuela se hicieron visibles sin interferencias.
Bajarse de la bicicleta allí tuvo otro peso. El cuerpo acumulaba kilómetros, pero la mente estaba ligera. El viaje ya no era expectativa.
Llegar a Guanahacabibes
El momento de mayor intensidad llegó cuando se adentraron en el Parque Nacional Guanahacabibes. El Mar Caribe quedó a la izquierda, la vegetación cerrada y la fauna propia de la península acompañaron el avance. Rodaron hasta el faro Roncali y continuaron un poco más, hasta playa Francés. Se trató de la jornada más larga y la que Pavel recuerda con más satisfacción y belleza. Allí el pedaleo dejó de ser solo esfuerzo físico y se volvió confirmación: estaban cumpliendo lo que imaginaron.

Guanahacabibes es una península remota de 90 km de longitud que constituye el punto más occidental de Cuba, en la provincia de Pinar del Río. Declarada Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1987, abarca más de 12 500 hectáreas de manglares, bosques y playas protegidas, incluido el Parque Nacional, y es famosa por su biodiversidad, el buceo en aguas cristalinas en María la Gorda y la anidación estacional de tortugas marinas.
Su nombre extraordinario viene de los primeros moradores de la isla: los indios guanahatabeyes, que habitaron esta península antes de la llegada de los españoles.
Allí el ritmo es distinto. Las distancias se miden en kilómetros de silencio. Se puede visitar el faro Roncali, recorrer playas como Francés, conocer proyectos de conservación de tortugas marinas y observar un paisaje donde el Caribe se mantiene abierto y directo. Es un destino que funciona con hospedajes familiares, pequeñas viviendas de renta y servicios básicos. La experiencia es natural y sencilla.
Las personas detrás del territorio
Pavel y Ernesto no solo atravesaron pueblos; entraron en las casas, patios e intimidad de los lugareños. En la Sierra, un veterano los recibió mientras la neblina bajaba lenta sobre las montañas. Hablaba de la revolución con la mirada puesta en el horizonte, como si cada historia estuviera anclada en esos mismos pliegues verdes.
En Mantua, el ritmo fue otro: plazas tranquilas, fachadas bajas, vecinos que se acercaban con curiosidad genuina. La conversación giró en torno a la historia del pueblo, a sus héroes y a las transformaciones del tiempo. Las bicicletas apoyadas contra una pared se volvieron excusa para el diálogo.
En Minas de Matahambre, después de una jornada larga y exigente, el cansancio se notaba en las piernas y en los estómagos. Allí, algunos lugareños los invitaron a sentarse y a comer. En ese momento el nombre del lugar adquirió otro sentido: el hambre se resolvió con comida compartida y hospitalidad franca.
En San Juan y Martínez, tierra de vegas y hojas anchas, pasaron la noche con una familia tabacalera en plena cosecha. El olor a tabaco fresco se mezclaba con la humedad del campo. Hablaron de siembras, de lluvias y de trabajo paciente. Dormir allí fue entender que el paisaje no es solo geografía, sino también oficio y memoria.
El alma del viaje tomó forma gracias a esa red humana entre montañas, llanuras y costas. En el occidente cubano, la comunidad y el paisaje avanzan juntos: uno explica al otro y no necesitan de nadie más.

Ficha técnica: la ruta en detalle
Recorrido: La Habana – Guanahacabibes – Pinar del Río. Distancia total: 701,8 km. Duración: 9 días de pedaleo. Promedio diario: 78 km. Desnivel positivo acumulado: 5.169 m (mayor exigencia en la Sierra del Rosario y Mil Cumbres). Desnivel negativo acumulado: 5.104 m. Jornada más larga: Día 7 — 119,2 km. Jornada más corta: Día 9 — 24,2 km. Tiempo en movimiento por jornada: 5 – 8 horas. Terreno: Asfalto en buen estado, tramos deteriorados y sectores de grava y tierra. Tipo de bicicleta: Mountain bike. Nivel recomendado: Intermedio, con experiencia en cicloviajes de varios días. Navegación: Maps.me (mapas offline).
Época recomendada: Noviembre – marzo Clima: Lluvias intermitentes y lloviznas frecuentes en zonas montañosas; temperaturas frescas en la sierra y más cálidas en la costa Alojamiento: Eco-alojamientos, casas de familia y acampada libre.
¿Por qué es un buen plan en bicicleta?
Este es un viaje de media y larga distancia, pensado para ciclistas con experiencia previa en rutas de varios días y capacidad de adaptación a terrenos mixtos. Exige resistencia física, planificación y autonomía.
La duración recomendada es de, al menos, una semana para hacerlo con disfrute y sin apurar etapas. El nivel de exigencia es moderado a alto en zonas montañosas y en jornadas superiores a 90 kilómetros.
“Aprendí cómo la bicicleta te da libertad”, dice Pavel.
Es un plan para quienes buscan recorrer Cuba alejados de las rutas más transitadas y entienden la bicicleta como forma de exploración. Para Pavel, significó algo más: fortaleció la relación con su hermano y confirmó que prefiere los lugares inhóspitos e intrincados.

Aún hoy, siguen hablando de ese viaje como si no hubiera terminado…
El acceso al área protegida, Cabo de San Antonio, requiere permiso previo. Así se solicita:
- Contacta al Centro de Visitantes del Parque Nacional Guanahacabibes enviando un mensaje de WhatsApp indicando (a) tu nombre completo, (b) número de personas y (c) fecha y hora de arribo a los teléfonos
- 50983055 (Osmani, coordinador turístico) y
- 52800245 (Lázaro, director).
- Confirma la llegada a La Bajada con otro mensaje a ambos teléfonos.
- Solicita la entrada en el Centro del Visitante y paga la entrada: CUP $200 por cada visitante nacional y CUP $2000 por cada visitante extranjero. Los menores de edad entran sin costo.
- Toma el recorrido por el Centro del Visitante que el equipo local ofrecerá. Una explicación detallada te ayudará a conocer lo esencial sobre el parque antes de ingresar al área.

*Estas instrucciones son válidas solo para viajeros en bicicleta y motocicleta. En cualquier otro se le asignará un guía y conllevará costo extra.
*El área opera bajo manejo estricto para minimizar el impacto humano. Está prohibido dejar desechos sólidos. Visita con responsabilidad y respeto por el entorno




